Editorial – Historia y Ciencias. Pensando en voz alta
Héctor R. Expósito
La Historia y la Escritura son como “hermanos mellizos o gemelos”: nacieron al mismo tiempo. La escritura en sus comienzos fue utilizada con fines de contabilización de los excedentes de recursos agropecuarios. En efecto, cuando se desarrolla la agricultura y por vez primera las comunidades humanas tienen alimentos que superan sus necesidades diarias, es preciso llevar un registro de la producción y del destino que se le da a dicho excedente.
Pero al poco tiempo resultó que la escritura fue empleada para registrar todo tipo de acontecimientos: militares, políticos, económicos, etc. Y entonces hace su debut la Historia, pues desde allí en más y hasta nuestros días, quedan documentos con los relatos de quienes protagonizaban esos acontecimientos, o bien fueron testigos, o bien habían recibido noticias de ellos por tradición oral. El otro elemento que explica el surgimiento de la Historia está dado por la constante necesidad de las comunidades humanas en volver sobre el pasado, revisar el pasado. ¿Y con qué finalidad? De las muchas que se podrían mencionar, incluyendo desde ya la curiosidad, destaca la que me parece más importante: ver si se puede explicar el presente que vivimos rastreando el pasado histórico; tratar de encontrar en el pasado situaciones problemáticas que sin ser exactamente iguales a las de hoy, puedan darnos algún grado de comprensión, de entender el aquí y ahora revisando el pasado. Una frase que me gusta mucho es esta: “cada persona es la suma de todas las historias que le precedieron”, y creo que esto es también aplicable a las comunidades, a las sociedades. Desde este punto de partida, es interesante pensar que la Historia se re-escribe constantemente. La Historia no es nunca un trabajo terminado, definitivo. Cada generación interroga a su pasado con nuevas preguntas e inquietudes; plantea nuevos problemas y quiere encontrar respuestas a situaciones diversas. El conocimiento histórico se construye en círculos concéntricos: se mira el pasado desde diversos ángulos, desde un presente siempre cambiante.
Ahora bien, si la Historia es una búsqueda, un rastreo del pasado para relacionarlo con el presente, es también una vía de conocimiento, y si se pretende que tenga carácter científico, debe ser crítico, es decir el pasado tiene que ser interpelado, interrogado, cuestionado. Un ejemplo me servirá para ilustrar mejor: el sacrosanto “25 de mayo de 1810” ¿fue un hecho revolucionario? ¿Pretendían sus protagonistas construir un estado-nación soberano e independiente? ¿Tenían algún proyecto organizativo para ello?
Otro aspecto que no se puede soslayar es este: desde que aparece la Historia, surge en paralelo su principal enemigo, que no es otro que el historiador/a. ¿Cómo es esto? Muy sencillo. Toda persona que interroga al pasado lo hace siempre desde un lugar con algún compromiso ideológico. Por eso la Historia nunca es ni neutral ni objetiva. Es siempre un relato armado desde el particular punto de vista del historiador. Pensar que existe un historiador “virgen”, sin un bagaje ideológico (consciente o inconsciente) es una ingenuidad.
Pero entonces: ¿qué grado de credibilidad puede ofrecernos la Historia? Esta es sin duda la cuestión más difícil. Y la respuesta se encuentra en manos del historiador. Si el historiador, cualquiera sea su identificación ideológica, presenta los hechos históricos conforme lo muestran las fuentes consultadas, sean favorables o desfavorables, convenientes o inconvenientes a su pensamiento político, entonces la Historia y el historiador se vuelven creíbles y confiables. Un ejemplo de lo que digo lo vemos en los “Historiadores marxistas británicos”. Toda la comunidad académica sabía, porque ellos no lo ocultaban, que adherían al pensamiento marxista, y más aún, estaban afiliados al Partido comunista británico. Pero nadie jamás pudo poner en entredicho su honestidad intelectual. En otras palabras, su integridad moral.
Íntimamente ligado a lo anterior, tenemos la cuestión de la “memoria histórica”. Pero aquí la cuestión se complica, porque ya no es responsabilidad solamente del historiador, sino que intervienen los gobiernos, la política en suma. La “memoria histórica” es una construcción donde se pretende que determinados temas o cuestiones estén siempre en los titulares, en la primera plana. Ello implica una deliberada selección de asuntos, y la omisión de muchos otros, una negación por decirlo así. Otra vez acudo a un ejemplo: después de 1945, en Alemania, se prohibió hablar del pasado nacional-socialista, y en algunos casos se transformó en delito. Es decir, hubo una política que buscaba adrede una suerte de “amnesia” en la memoria de la población. Pero el problema es que nos guste o no, la etapa nacional-socialista forma parte de la Historia de Alemania, de Europa, de la humanidad en suma. No se puede tapar el sol con la mano. Una forma visible de la construcción de la memoria histórica lo tenemos con los monumentos, estatuas, placas recordatorias, nombres de calles y espacios públicos, etc.
¿Hasta dónde podemos llegar con la Historia? En otras palabras, ¿se puede hacer una Historia total? Alguna vez se intentó, y con mucha seriedad, hacer una historia de largo, mediano y corto plazo. Hoy el consenso general es de limitar la investigación histórica, tanto espacial como temporalmente, buscando precisar el objeto de estudio y de darle la mayor profundidad posible.
¿Y qué campos cubre la Historia? Los acontecimientos políticos, militares, sociales. Estos son los caminos más transitados. Pero hay también una Historia de la Cultura, de los movimientos sociales, de los sindicatos y su interacción con los obreros, etc. Y también hay un modelo muy interesante que toma la historia de una persona absolutamente anónima, y a partir de allí, recrear las condiciones de vida de una comunidad, en un momento particular.
¿Hay una Historia de las Ciencias? Desde ya que sí. Toda rama de las ciencias tiene un pasado, y ese pasado es un cúmulo de conocimientos agregados hasta llegar a hoy. Revisar ese pasado puede ser una experiencia enriquecedora para la mejor compresión del presente, para saber cómo se resolvían los problemas, o se intentaba resolverlos, comparativamente. En el terreno de las ciencias naturales o “ciencias duras” es donde menos riesgos existen de que la orientación ideológica del investigador pueda influir en el resultado. No estoy preparado para juzgar si la Medicina entra o no en el campo de las ciencias “duras”. Otras voces autorizadas lo dirán. Pero cualquiera sea la respuesta, también la Medicina tiene su pasado histórico y sus enseñanzas, y seguramente que vale la pena el esfuerzo de construirlo.
Héctor R. Expósito
Abogado
Bach. Univ. Lic. en Historia
Citación sugerida: Expósito HR. Historia y ciencias. Pensando en voz alta. Anuario (Fund Dr J R Villavicencio) 2022;29. Disponible en: http://www.villavicencio.org.ar/PORTAL/index.php?sis=2&ubq=4&scc=11&men=35







































